Iba a titular este post “Tesoros escondidos” hasta que caí en la cuenta de que no era más que un eufemismo para camuflar mi desconocimiento.
En un lugar tan público como una biblioteca nada hay escondido; los libros están a la vista, esperando que alguien los tome prestados: un autor olvidado, una escritora desconocida ¿desconocida?, ¿para quién? Para quien la ignora. En una biblioteca cada libro es un tesoro, pero no está oculto: son tesoros ignorados por los visitantes.
Me gusta mucho caminar entre los silenciosos pasillos de la sala de préstamo y recorrer con la vista los anaqueles en busca de ese autor por descubrir (por mí) de ese libro ignorado (también por mí). En cada visita escojo al azar, al menos, a un autor o autora de quien no había oído o leído antes.
Llego a casa, leo y descubro si me gusta o no: aprendo y descarto. No hace falta ser un experto en literatura, sólo es necesario un poco de curiosidad, esa cualidad tan periodística, y ¿quizá una pizca de buen gusto? No lo sé. Tengo dudas al respecto.
En mi última visita descubrí al poeta Adam Zagajewski: en concreto Tierra del fuego, publicado por El Acantilado.
Después de leerlo, rastreas un poco en internet y descubres que para nada es un poeta desconocido, sino que más bien eres un pequeño y soberbio ignorante.
Copio este estupendo poema del libro por si algún lector se anima a leer tesoros ignorados de la literatura, esos que están más allá de las noticias y el marketing.
Refugiados
Encorvados por una carga
que a veces es visible, otras no
avanzan por el barro, o arena del desierto,
inclinados, hambrientos,
hombres taciturnos con gruesos caftanes,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas con caras llenas de arrugas
llevando algo, que puede ser un bebé, una lámpara
(familiar), o quizá la última hogaza
Esto puede ser Bosnia, hoy,
Polonia en septiembre del 39, Francia
(ocho meses después), Turingia en el 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.
Siempre hay un carro, o como mínimo un carretón
repleto de tesoros (colchas, tazas de plata,
y el aroma de la casa que se evapora rápidamente),
un coche sin gasolina, abandonado en la cuneta,
un caballo (será traicionado), nieve, mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,
y esta inclinación tan característica,
como hacia otro planeta mejor, un planeta
que tiene generales con menos ambición,
menos cañones, menos nieve, menos viento,
menos Historia (este planeta, por desgracia,
no existe, sólo existe la inclinación).
Arrastrando las piernas
van despacio, muy despacio
al país de Ningún Sitio,
a la ciudad de Nadie
en la orilla del río Nunca.
36.529942
-6.292409