La picota

Picota: Rollo o columna de piedra o de fábrica, que había a la entrada de algunos lugares, donde se exponían públicamente las cabezas de los ajusticiados, o los reos.
En la imagen (Kevin Lamarque/Reuters), el máximo ejecutivo de la compañía petrolífera BP, Tony Hayward, a su llegada al comité de energía y comercio del Congreso de EEUU donde testificó por el desastre ecológico del Golfo de México.


Todas esas cámaras no son la mirada de unos cuantos reporteros gráficos, son la mirada indignada de ciudadanos del mundo entero.

Más fotos del desastre aquí y aquí.

Oscar Hahn

Escribir es a veces un saco de sorpresas. Al terminar de leer Apariciones profanas el poemario de Oscar Hahn, me apetecía anotar alguna impresión sobre el escritor chileno, exiliado en EEUU como consecuencia de la dictadura de Augusto Pinochet y cuya escritura es más que interesante. Un botón de muestra:

Ese árbol
tiene un violín adentro
No fue tallado aún pero está dentro

Buscando información, me encuentro con un sorprendente artículo del periodista y escritor Jorge Edwards sobre cómo se dirime la concesión del Premio Nacional de Literatura de Chile, al que optan el propio Hahn y las novelistas Isabel Allende y Diamela Eltit.

Muchos lectores conocen en todo el mundo la obra de Isabel Allende, no así la de los otros dos autores. Edwards desmonta con arte mayor esa tendencia corriente a desterrar del prestigio literario a los narradores que venden muchos libros acusándolos de escribir best-sellers. Leánlo.

Odio las exclusiones por injustas. Aún así, la justicia no tiene por qué coincidir con los gustos personales. Los de Edwards se inclinan, a pesar de las hamburguesas, por Hahn.

Vivir, viajar, escribir

Vivir, viajar, escribir. Acaso hoy la narrativa más auténtica sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapuscinski, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos”.

Claudio Magris, en el prefacio de El infinito viajar.

Tesoros ignorados

Iba a titular este post “Tesoros escondidos” hasta que caí en la cuenta de que no era más que un eufemismo para camuflar mi desconocimiento.

En un lugar tan público como una biblioteca nada hay escondido; los libros están a la vista, esperando que alguien los tome prestados: un autor olvidado, una escritora desconocida ¿desconocida?, ¿para quién? Para quien la ignora. En una biblioteca cada libro es un tesoro, pero no está oculto: son tesoros ignorados por los visitantes.

Me gusta mucho caminar entre los silenciosos pasillos de la sala de préstamo y recorrer con la vista los anaqueles en busca de ese autor por descubrir (por mí) de ese libro ignorado (también por mí). En cada visita escojo al azar, al menos, a un autor o autora de quien no había oído o leído antes.

Llego a casa, leo y descubro si me gusta o no: aprendo y descarto. No hace falta ser un experto en literatura, sólo es necesario un poco de curiosidad, esa cualidad tan periodística, y ¿quizá una pizca de buen gusto? No lo sé. Tengo dudas al respecto.

En mi última visita descubrí al poeta Adam Zagajewski: en concreto Tierra del fuego, publicado por El Acantilado.

Después de leerlo, rastreas un poco en internet y descubres que para nada es un poeta desconocido, sino que más bien eres un pequeño y  soberbio ignorante.

Copio este estupendo poema del libro por si algún lector se anima a leer tesoros ignorados de la literatura, esos que están más allá de las noticias y el marketing.

Refugiados

Encorvados por una carga
que a veces es visible, otras no
avanzan por el barro, o arena del desierto,
inclinados, hambrientos,

hombres taciturnos con gruesos caftanes,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas con caras llenas de arrugas
llevando algo, que puede ser un bebé, una lámpara
(familiar), o quizá la última hogaza

Esto puede ser Bosnia, hoy,
Polonia en septiembre del 39, Francia
(ocho meses después), Turingia en el 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.

Siempre hay un carro, o como mínimo un carretón
repleto de tesoros (colchas, tazas de plata,
y el aroma de la casa que se evapora rápidamente),
un coche sin gasolina, abandonado en la cuneta,
un caballo (será traicionado), nieve, mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,

y esta inclinación tan característica,
como hacia otro planeta mejor, un planeta
que tiene generales con menos ambición,
menos cañones, menos nieve, menos viento,
menos Historia (este planeta, por desgracia,
no existe, sólo existe la inclinación).

Arrastrando las piernas
van despacio, muy despacio
al país de Ningún Sitio,
a la ciudad de Nadie
en la orilla del río Nunca.

Fito Carreto

El fotógrafo portuense Fito Carreto se ha currado una página web molona. Reúne en ella su trabajo de actualidad (el blog incluido, punta de lanza), y además ofrece su particular visión del mundo en series como Viaje al Palace o Nacional 50.

Me ha encantado Nacional 50, que recoge fotografías de una de las exposiciones colectivas en las que ha participado; se nota el tono Alberto García Alix, con quien Fito también ha trabajado.  La canción Personal Jesus de Depeche mode que suena como fondo musical consigue un efecto admirable mientras observamos, entre varias imágenes, algunos retratos del frikismo nacional de siempre.

Me he tomado la libertad de reproducir aquí una de sus instantáneas, que me recuerda las visitas que en mi infancia  hacia al Mercado de La Merced (no sé cuál es éste, pero da lo mismo) en el barrio de Santa María de Cádiz. Porque comparto con Fito que también hay que mirar atrás, a “ese tiempo dónde se guardan todas las fotos de nuestras vidas”.

La web: Fito Carreto.com

El lamento de Portnoy

Una considerable dosis de mala leche. Divertida y agria. Esta es la impresión que me ha causado El lamento de Portnoy, la novela que llevó a la fama al escritor estadounidense Philip Roth y que, cuarenta y un años después de su aparición (1969), sigue sin envejecer.

Alexander Portnoy, el protagonista, va contando a una persona que se supone es su psicoanalista, los hechos más relevantes de su historia personal, entre los que destacan su adicción al sexo y su tormentosa relación con las creencias de sus padres, la religión judía, y cómo ésta y ellos han sembrado en su carácter un constante y obsesivo sentimiento de culpabilidad.

A pesar de haber sido publicada en la plenitud de la revolución sexual estadounidense -luego exportada al mundo entero-, la obra fue prohibida en Australia y, aún así, la editorial Penguin books se las apañó para distribuirla allí con camiones que iban viajando de un lugar a otro para no ser detectados por las autoridades. Ingenio para burlar la censura en un enorme continente.

Si hay que ponerle un pero a la historia es que destila machismo por casi todos los párrafos, reflejo también de aquellos años en los que la liberación de la mujer daba sus primeros pasos. No es de extrañar que el principal personaje femenino, Mary Jane Reed, La Mona, sea presentado como un “coño con patas” por el protagonista. Cada novela es producto de su época.

Aunque la separan treinta y ocho años de distancia de la publicación de Chesil beach de Ian McEwan, el relato de Roth me recordó ésta obra del escritor británico, que destila idéntica mala leche y trata a su vez las consecuencias de la mojigatería sexual previa a aquellos años pero, sin embargo, ofrece una imagen femenina totalmente opuesta, pues su protagonista, Florence Ponting es una mujer culta y refinada y que, además, le tiene pavor al sexo; la antítesis de Reed. Dejo mi impresión como lo que es, una simple impresión. La comparación sólo pretende sugerir lo que decía antes: cada novela es producto de su época.

El lamento de Portnoy me parece una lectura recomendable y divertida y para mí se ha convertido en la puerta de entrada a la obra de Philip Roth.

Cuando se cumplieron 40 años de su publicación, el periódico británico The Guardian publicó éste texto: “Portnoy’s Complaint – still shocking at 40″.