El cine es un arte complejo. Y las películas, una obra de arte colectiva. En la elaboración de un largometraje se mezclan el talento de los actores, la visión del director y su equipo de producción, y la magia de la música. El cine es a la vez teatro, arte plástico y lenguaje sonoro.
Son mínimas las ocasiones en las que aflora el talento que se presupone al conjunto artístico, y si se tiene en cuenta el número de las que se producen anualmente, menos todavía.
Claro que nos gustan muchas películas y por eso vamos al cine a menudo o las vemos en la televisión, pero si piensan sólo en aquellas que un día les vino a sacudir el alma, verán que en realidad son pocas las que aceptan como una obra maestra.
Cada cual tiene las suyas. Son el resultado de encuentros casuales, o no tanto, cuyo recuerdo nos dura toda la vida. Y no sólo; también permanece inalterable alguna idea que nos llevamos escondida con pasión y sigilo tras emerger de la sala del cinematógrafo, hipnotizados con la magia que se desplegó ante nuestros sentidos.
Un día fui hipnotizado –con el paso de los años tiendo a pensar que en realidad fui abducido- por Louis Mallé, Michel Piccoli, Miou Miou y, por encima de todos ellos, por Stephane Grapelli.
Es una película algo gamberra, cierto, no está hecha para mentes alérgicas a la fantasía y que se escandalizan con facilidad, pero es tan inolvidable que me acabo de despertar de la siesta, he puesto en Spotify el concierto de Grapelli en el Corby Festival Hall, y he sentido el irrefrenable impulso de escribir esto. Será que el cine venía escondido en el violín.