La información es un arma muy potente en situaciones de crisis o emergencias de carácter colectivo… si se ofrece con claridad y rapidez. Pretender ocultar información, aunque sólo sea parcialmente, y atrasar su difusión tiene el mismo efecto que un boomerang que coge deprevenido a quien lo lanzó, es decir, a quién administró de esa manera lo que sabía.
Esta semana se pueden citar dos ejemplos de clara desinformación sanitaria, y ambos casos parecen estar motivados por intereses políticos.
El primero de ellos es la evolución de la Gripe A en Argentina. En la estupenda crónica de Soledad Gallego Díaz del pasado viernes, la periodista de El País escribe un párrafo cristalino a propósito de este asunto:
“(…)Como parece imposible que los casos hayan pasado de mil y pico a cien mil en seis días, la mayoría empieza a pensar que las autoridades han estado ocultando la información. “Ha sido una desgracia: el estallido de la epidemia ha coincidido con la campaña electoral de las legislativas y todo el mundo ha estado más preocupado de los resultados electorales que por lo que estaba pasando en los hospitales”. La ministra de Salud, Gabriela Ocaña, intentó incluso que se aplazaran las elecciones pero, por lo que se ve, la miraron como si estuviera loca. Ocaña dimitió al día siguiente de los comicios. Y el nuevo ministro tardó cuatro horas en reconocer cien mil contagiados.(…)”
Las negritas son mías.
El otro ejemplo lo he leido hoy mismo enel blog de Yoani Sánchez en un post en el que habla de cómo las autoridades cubanas tratan de ocultar la incidencia del virus del dengue:
“(…)Lo más llamativo de la presencia de esta enfermedad entre nosotros es la negativa oficial a informar del número de contagiados o a mencionar la palabra “dengue” en los medios informativos. Si vas al hospital con todos sus síntomas, recibes un tratamiento en el que no se pronuncian las seis letras que conforman la maldita palabra. En la tele, pasan anuncios de cómo contrarrestar al Aedes aegypti, pero nadie aclara que todo eso se debe a la existencia del dengue entre nosotros. Sin estadísticas ni datos, los ciudadanos vamos reconstruyendo el número de infectados a partir de los rumores que nos llegan de amigos y conocidos. La alarma crece, pues siempre se puede sospechar que hay una mayor incidencia de la que ha llegado hasta nuestros oídos.(…)”
Las negritas son mías también.
Efectivamente, el ocultamiento de la información aumenta la alarma, como dice la escritora cubana. Parece haber un motivo político en esta ocultación de información.
Y también parece que existe ese motivo político en Argentina, como señalaba la periodista española, pero no sólo ella. A partir de aquí, tachar de alarmistas a los medios de comunicación, es pretender cargar a éstos con los errores o la desinformación interesada del Gobierno argentino.