Muchas veces los periodistas nos tragamos la burra como si tal cual. La mejor receta para evitarlo es aplicar a nuestro trabajo un poco de sentido común.
Sirva como ejemplo una anécdota: durante el juicio del asalto al edificio Watergate, uno de los periodistas que investigó el asunto, Bob Woodward, fue a las sesiones del jurado sólo para tratar de obtener alguna pista o información nueva, mientras otro redactor del Washington Post cubría el juicio.
Durante la exposición del fiscal Earl Silbert, Woddward reflexionaba mientras los demás tomaban notas:
“Mientras Silbert iba exponiendo su tesis de una conspiración delictiva de poco nivel, Woodward estaba sentado entre los demás periodistas que tomaban notas furiosamente. No tenía que escribir la información del juicio y, por tanto, podía dedicarse exclusivamente a reflexionar sobre lo que Silbert estaba diciendo.
Recordó una lección aprendida en su año de novato en Yale. Su profesor había ordenado a los estudiantes que leyeran determinados documentos medievales sobre la famosa visita de Enrique IV a Canossa para pedir perdón al Papa Gregorio. De acuerdo con estos documentos, el rey había esperado descalzo, sobre la nieve, fuera del Vaticano, durante varios días. Woodward se había tragado todos los documentos, tomó notas y basó su escrito en los hechos en los que coicidían la mayor parte de los testigos. Todos atestiguaron que Enrique IV había estado allí, con los pies descalzos sobre la nieve, durante varios días.
El profesor suspendió a Woodward porque no había dado muestras de sentido común. Ningún ser humano podía estar durante días con los pies descalzos sobre a nieve sin que estos se congelaran, dijo el profesor. “El derecho divino de los reyes no llega hasta el extremo de violar las leyes de la naturaleza y del sentido común”.
La anécdota está extraída literalmente del libro “El escándalo Watergate” (All the president’s men es su título original) escrito por los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward.