No es inusual ver en los medios de comunicación las expresiones “fuentes bien acreditadas” o “fuentes dignas de todo crédito” para referirse a la/s persona/s que han contado los datos de la información al reportero/a y que no desean ser identificadas por la razón que sea. Sin las fuentes anónimas no serían posibles muchas informaciones periodísticas. La expresion “acreditadas” o “dignas de todo crédito” sobra, porque a ningún periodista se le ocurre informar de algo con fuentes que no tienen credibilidad, ¿verdad?.

En todo caso me quería referir al crédito de las fuentes que no son anónimas: Hay personas que ofrecen datos al periodista y a las que no les importa ser identificadas por su nombre, apellidos e incluso su imagen. Pero ¿cómo sabe el periodista que son dignas de crédito y que no van a mentir?. Lo más habitual es contrastar los datos que nos ha proporcionado con los de otras personas que suponemos conocedoras de los hechos para descartar aquellos que sean falsos o imprecisos. Esto lleva a veces su tiempo y supone un considerable esfuerzo. A veces creemos que la fuente tiene todo nuestro crédito y damos por sentado que lo que dice es cierto.

Quizá la fuente anónima más famosa de la historia del periodismo sea William Mark Felt, conocido como “Garganta profunda” en la investigación del escándalo Watergate en Estados Unidos y cuya identidad no se conoció hasta casi 30 años después, en 2005.

En esta investigación del Washington Post, los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward pedían la versión de la casa Blanca o del Comité para la Reelección del Presidente Nixon antes de publicar cada artículo y, sistemáticamente, cuando las fuentes de la información eran anónimas, la respuesta oficial era que las informaciones estaban basadas en “rumores”.

Cuando por fin pudieron tener a una fuente que aceptaba ser identificada, el abogado Larry Young, hubo que acreditar su solvencia:

“Se presentó también otra pega: Meyers había descrito a Young como abogado “defensor de radicales y asesinos de policías”. No había otra frase que fuera más capaz de hacer que se encendiera el disco rojo en el despacho de Harry Rosenfeld. El redactor jefe de la sección metropolitana dijo, llanamente, que no estaba dispuesto a poner en juego su reputación o la del “Post” basándose simplemente en la palabra de “cualquier abogado hippie”.

Por suerte, las referencias de Larry Young estaban en orden. Woodward hizo una docena de llamadas telefónicas a la costa occidental y se pasó horas hablando con miembros del Colegio de Abogados y Procuradores, que garantizaron a Young, al que describieron como un representante de la abogacía, respetado y responsable. Woodward se enteró también de la forma de vestir de Young (ropas modernas pero de buen gusto) y de la longitud de su cabello (más corto que el de Bernstein). Después de eso Rosenfeld se mostró satisfecho”.

Los párrafos están extraidos del libro que Bernstein y Woodward escribieron sobre el caso Watergate.