“Vivir significa, hoy más que nunca, viajar”. Así lo afirma el escritor italiano Claudio Magris en una de las crónicas de viaje que ha publicado durante años en el periódico Corriere della Sera y que en España se pueden leer en una edición que Anagrama ha titulado El infinito viajar.
Los más de cuarenta artículos que componen el volúmen están ordenados, no cronológicamente, sino geográficamente, de sur a norte. Este recorrido estríctamente europeo fue la composición original del libro publicado por vez primera en Francia. Las posteriores ediciones italiana y española incorporan crónicas de viajes a Irán, China, Vietnam y Australia. El prefacio es un capítulo valioso por sí mismo en el que desgrana los diferentes sentidos que para Magris tiene al viaje. A mí me gustó éste.
Cada crónica del escritor triestino nos describe el lugar que visita observado no con la máquina fotográfica del turista, sino con el visor de quien conoce la historia y la actualidad política de aquel Estado o ciudad y de sus gentes, su realidad social y su atlas literario, tanto histórico como contemporáneo. Esa es su aportación personal a los datos procedentes de la observación directa y el contacto con los paisanos.
El autor de Microcosmos y de El Danubio se preocupa por dar espacio a la minoría, por introducir reflexiones que invitan a pensar con detenimiento en nuestro propio entorno, o por describir la belleza de lugares apartados de las rutas de navegación del viajero en masa, como el archipiélago de las Scilly (en la foto de Tom Goskar).

España, Reino Unido, Alemania (la dividida y la reunificada), Austria (entre las crónicas sobre este país hay una interesante reflexión sobre el judaísmo), las ex repúblicas yugoslavas, Italia, Checoslovaquia en el año de su división en dos estados, Polonia, Rusia (curiosa visita comparativa a las casas de Dostoievski y Gorki) y los países nórdicos, son las etapas que se cubren en estas páginas.
Hay en la elección de cada destino una preocupación por la frontera, por su influencia política y social, que pertenece al origen triestino del autor y que se revela incluso al hablar sobre lugares no tan fronterizos:
En Suecia se disfruta de la señorial y festiva curiosidad intelectual de gente que se interesa por otras cosas, por lo que llega del otro lado de la frontera, completamente libre de esa afanosa inseguridad que condena a tantos pueblos y culturas (especialmente en Mitteleuropa) a estar obsesionados por sí mismos y por su identidad, a requerir sin cesar atestados de estima y consideración.
Sus escritos son un pequeño compendio de sabiduría -según Juan Cruz, Magris es un sabio- acerca de Europa, de una Europa que no se acaba nunca, infinita, que a pesar de siglos de historia, es capaz de incitar continuamente al pensamiento con nuevas inquietudes sobre la política, la historia o la literatura. Estos son los senderos por los que se adentra con una escritura precisa y sin alardes, lo que resalta la belleza de las descripciones, magistral la que escribe sobre la gran barrera de coral australiana.
La parte final del libro, en el que cambia el territorio, y con el la historia y la configuracion política del retrato, funciona como una especie de contrapunto oriental a la realidad europea. Se ve así cuando dice, de visita en Irán y escribiendo en voz alta sobre el fundamentalismo islámico, que por estos lares no estamos aún curados de espantos:
El actual fundamentalismo anárquico-liberalista-ultra que contamina hoy la sociedad occidental con su facciosa irracionalidad y vilipendia el verdadero pensamiento liberal -tomándolo por una caótica licencia y una jungla salvaje- fomenta la violencia porque mina las reglas con las que la civilización la tiene a raya.
Por encima del empalagoso, y falso, cuando no tópico, relato de viajes tan habitual en la prensa comercial de nuestros días, los escritos del germanista italiano pertenecen a una prensa preocupada por ofrecer el mejor contenido intelectual a sus lectores, una concepción del periodismo que está en franco retroceso y que parece relegada a los libros.

Para acabar, una última reflexión de Magris acerca del viaje:
Viajar es una escuela de humildad; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgan a otra.
El retrato de Claudio Magris es del periodista Thomas Berg.
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